Es uno de esos cuadros anónimos que se adquieren en los supermercados. Desde que lo vi me gustó, pero nunca supe porqué. Después de observarlo por más de 15 años sigo sin entenderlo.
Es una joven dama, sentada en un sillón ocre, casi dorado, está de espaldas y apenas se puede ver su rostro a través de un espejo, su rostro no es nítido porque la luz de una ventana que se refleja en el espejo es tan brillante que oscurece el reflejo de su cara. A los lados de la ventana de lo que aparenta ser un jardín se pueden ver unas cortinas pesadas y oscuras. En el cuarto no hay más luz que la de esa ventana lejana.
La postura de la joven no es estática, a su lado hay una silla con un sombrero en el asiento; ella parece alistarse a levantarse, medio cuerpo está torcido en un extraño movimiento, casi presta a levantarse mientras retoca su descuidado peinado. La imagen de su bella figura en un vestido victoriano que transparenta y sugiere su cuerpo se ha quedado inmóvil, para siempre, en la pared de mi cuarto.
Cuando comencé con todo esto, con la intención abrir el cuarto rojo y ver los seres que habitaban allí jamás imaginé lo que iba a encontrar. Ella está en ese cuarto, y entre más la observo menos entiendo.
